La Fundación de Tenochtitlán

Este es un cuento dedicado a mis hijos Leon y Zente, quienes son mi mundo y mi inspiración. Este cuento me lo contó por primera vez mi tío Germán, y me dejó fascinado desde niño. Es de esos mitos que aunque no sean veridicos, su ficción es mil veces más real que cientos de discusiones de antropólogos sobre cuales son los simples hechos de estos eventos. Que el mito despierte su inspiración y el deseo de aventura que despertó en mí.

Era un día de esos que no se sentía particularmente distinto a los otros. Era otro día de viaje sin rumbo, pero con destino. Para ese entonces, mis abuelos llevaban años repitiendo las historias que les contaron sus abuelos, y a quienes les contaron los abuelos de ellos. 200 años llevamos, sin saber a donde ir para encontrar esa insignia que recibieron nuestros mayores.

La historia que nos contaban iba así. En ese entonces, nuestra gente aún llevaba el nombre de Aztecas. Vivían en Aztlan, aquella isla de las garzas que nunca conocimos ni yo ni mis padres. A nosotros se nos hace normal nunca haber conocido esa tierra del norte lejano paradisiaca. Para ellos, debió de haber sido aterrador cuando les llegó la revelación de Huitzilopochtli a decirles a los sabios de ese entonces:

"Abandonen Aztlan, vayan lejos sin voltear atrás hasta que encuentren un águila devorando una serpiente en un nopal. Allí establecerán una gran ciudad."

Al marcharnos de esa tierra Aztlan, dejamos ese nombre Azteca y desde entonces nos llamamos Mexicas - los dévotos de Huitzilopochtli. Sujetando las pertenencias que pudimos cargar, descalzos, y sin rumbo en particular, partimos hacia lo desconocido, a deambular toda esta árida y feroz tierra buscando aquella insignia.

Al inicio fuimos 8 tribus que partieron de Aztlan, pero poco a poco nos fuimos separando. Pleitos y discusiones nos llevaron por caminos distintos hasta que Huitzilopotchli nos dijo que continuáramos solo nosotros, con nuestro mandato. Él nos siguió guiando, y a veces nos asentamos en algunos sitios, pero nunca por mucho tiempo. Pasamos por Acolnáhuac, luego Popotla, Chapultepec y Colhuacan viendo el paisaje transformarse de desiertos desolados a tierras fértiles y verdes. Si tan solo pudiésemos quedarnos en una de ellas.

Generación tras generación siempre había gente que dudaba, ¿por qué vagabundear como pueblo? Pero los sacerdotes siempre nos recordaban

"Esta no es una condena, no somos un pueblo errante."

"Este peregrinaje es nuestro deber y recibiremos la recompensa por ello. Los frutos de nuestra devoción si no los recibiremos nosotros, los recibirán nuestros hijos."

Por más de 200 años nos habían dicho esto.

Pero en ese día 13 de marzo de 1325, ese día que no se sentía particularmente distinto a los otros. Ese día que amanecimos listos para salir a otro día de viaje sin rumbo, pero con destino. Ese día nos llegó la noticia.

"¡Huitzilopotchli nos dió la señal!" se escuchaba como un murmuro el bullicio de la gente que apenas se daba a entender por la emoción que se sentía. Yo, apenas un niño, atravesé la muchedumbre hasta llegar al frente a escuchar como decían los sacerdotes que se encontraron con la insignia de los dioses.

Fuimos todos a presenciar esa sagrada escena, y allí lo vimos. En el centro del lago Texcoco, un islote sobre el cual había crecido un nopal en el que estaba aquel águila gloriosamente devorando una serpiente. Fue exactamente como profesó nuestro dios a través de nuestros sacerdotes.

Era imposible contener la emoción que se sentía al ser testigos de aquello. Hasta a los más valientes guerreros, endurecidos por batallas feroces, se les humedecían los ojos. Además, en ese momento lleno de celebración, llanto, abrazos, gritos y emoción, todo el pueblo Mexica fue testigo de un eclipse. Más claro no pudo ser, fue Huitzilopotchli confirmando que lo que veíamos era lo que habíamos pasado siglos buscando.

Allí en el medio del lago donde recibimos la señal, en ese mismo islote se comenzó a construir esa ciudad que llegó a ser la más grande y poderosa de todos sus vecinos. Dos siglos de búsqueda nos llevaron allí. En aquél día, cuando al medio día se puso de noche y la breve noche regresó a ser día en un momento, en ese amanecer al otro lado del eclipse, el pueblo Mexica ya no era un pueblo que rumbaba por estas tierras sin idea de cuando llegaría a su destino. En ese amanecer del eclipse, el pueblo Mexica ya tenía una capital, una tierra, la gran Tenochtitlan.